2. LA REGIÓN MEDITERRÁNEA
2.1. La definición del marco geográfico y su caracterización
2.2. La población mediterránea
2.3. La insularidad mediterránea
2.4. La diversidad biológica
2.5. La problemática del agua en el Mediterráneo
2.6. Los suelos mediterráneos y la expansión agrícola
2.7. Los recursos del mar
2.8. La contaminación y degradación ambiental del Mediterráneo
2.9. La industrialización y sus efectos ambientales
2.10. El turismo en el Mediterráneo

Indice Agenda 2000



2.1. Definición del marco geográfico y su caracterización
Cuando se habla del Mediterráneo, que quiere decir «mar entre tierras», se suele tener una idea un tanto imprecisa de cuáles son realmente los límites del área a la que nos referimos. De atenernos a sus orígenes geológicos, incluría necesariamente el mar Negro ya que se trata de una de las partes en que se dividía el antiguo mar de Thetys, que separaba al continente Africano del Eurasiático y que estaba constituido por dos cuencas: una oriental, hoy conocida como mar Negro, y otra occidental, que es el actual mar Mediterráneo, separadas por el estrecho de los Dardanelos.
Por otra parte: ¿se restringe la expresión exclusivamente al mar Mediterráneo propiamente dicho con su sistema insular y el litoral de los países ribereños o incluye las cuencas hidrográficas que vierten sus aguas al mar? En este último caso la inclusión del valle del Ródano extendería la región mediterránea hasta Ginebra y Lausana, en Suiza, con el lago Leman, mientras que por el sur el Nilo justificaría la inclusión de Sudán, Etiopía, Uganda y el lago Victoria. ¿Termina el Mediterráneo en los Dardanelos o incluye también el mar de Mármara? El Plan Azul parece inclinarse por una definición un tanto ecológica, según la cual el área mediterránea está determinada por los límites geográficos del cultivo del olivo.
Las características relevantes están determinadas por la existencia de un mar cerrado, el Mediterráneo, cuyo nivel se mantiene por las entradas desde el Atlántico a través del estrecho de Gibraltar. Este mar y sus Estados ribereños han sido el locus del más antiguo desarrollo humano. Muchas civilizaciones se han sucedido en las riberas del Mediterráneo: egipcios, griegos, fenicios y cartagineses hasta el imperio Romano y después, pasando por la colonización de los árabes, del imperio otomano y las colonizaciones de los europeos (catalanes, franceses, etc.), hasta nuestros días. Este suceder de civilizaciones implica una fuerte intervención humana de intensidad creciente con profundas transformaciones, en gran medida irreversibles, del sistema natural original: probablemente la cuenca mediterránea constituye el sistema natural más intervenido del planeta, hasta tal punto que es hoy imposible separar lo natural de lo construido por el hombre. En realidad se da un verdadero continuo natural-socio-económico-cultural en el cual el mar ha sido el vínculo natural de los Estados ribereños, sus culturas y sus sistemas socioeconómicos.
Lo anterior no debe, sin embargo, entenderse como una imposibilidad de definir características naturales de la cuenca mediterránea. Así, aun cuando se acostumbra a hablar del Mediterráneo como si fuera un mar homogéneo, se trata en realidad de dos cuencas relativamente profundas separadas por una cadena montañosa submarina, que se conoce como el estrecho de Sicilia, entre esta isla y Túnez, de profundidad relativamente pequeña. Ambas cuencas están a su vez divididas en una serie de pequeñas cuencas o mares. Así, la cuenca occidental incluye el mar de Alborán, el mar de Argelia o cuenca Balear, el mar de Liguria y el mar Tirreno. La cuenca oriental contiene el mar Adriático, el Jónico, el Egeo, el de Libia y el de Levante. Cada uno de estos mares tiene sus propias características.
Las Columnas de Hércules, o lo que se conoce como el estrecho de Gibraltar, son el único vínculo del Mediterráneo con el océano Atlántico, un paso relativamente pequeño de apenas 15 Km y con una profundidad de sólo 290 metros, por donde se efectúa el aporte de agua al Mediterráneo en un ciclo de renovación que tarda 90 años en completarse. Dentro de la cuenca la evaporación es relativamente elevada, lo que hace que la salinidad sea relativamente alta, fenómeno que no se compensa por el aporte de agua dulce de los ríos que vierten en la cuenca. El hecho de ser una cuenca muy cerrada y el escaso aporte de aguas contribuyen a que las mareas sean relativamente débiles y las aguas más bien calientes. Estas características del Mediterráneo tienen consecuencias tanto favorables como desfavorables: por un lado, contribuyen a un clima muy benigno, facilitan el transporte y los asentamientos humanos en las zonas litorales, y por otra, lo configuran como una mar que no tiene capacidad de «lavarse», de manera que los fenómenos de contaminación tienden a agravarse.
Característica importante de la cuenca mediterránea es que está prácticamente rodeada en su totalidad por montañas que frecuentemente caen abruptamente al mar, salvo una extensión de aproximadamente 3.000 Km entre Egipto y Libia, desde el Nilo a la cordillera del Atlas, donde la plataforma Sahariana y el desierto llegan al mar. Entre las montañas y el mar se extiende una franja de escasa altitud que raramente supera los 20 Km de ancho y que por lo general es mucho menor, en la cual a lo largo de miles de años se han asentado poblaciones humanas. Además, los 46.000 Km de costa de la cuenca están a menudo fraccionados por las montañas que caen abruptamente al mar, lo que convierte el litoral mediterráneo en un litoral altamente compartimentado. Así, es conocido por sus calas en Cataluña, Baleares, Valencia y Andalucía en España, o por los calanques en la Provenza francesa o las rivieras francesas e italianas.
Una de las peculiaridades de la cuenca mediterránea es su clima, caracterizado por estaciones muy marcadas, veranos secos y calurosos, inviernos suaves y muy húmedos, régimen pluviométrico irregular e imprevisible, tanto dentro de un mismo año como entre diferentes años. Se trata del llamado clima mediterráneo, que caracteriza otras regiones del mundo como California y algunas áreas de América del Sur, Australia y Sudáfrica.

2.2. La población mediterránea
De los 410 millones de habitantes de los Estados de la cuenca mediterránea más del 37% habita en el litoral mediterráneo que representa sólo el 17,5% del área total de dichos países. Pero el fenómeno poblacional presenta una clara asimetría: mientras en la orilla norte la población esta prácticamente estabilizada y en realidad es una población que tiende al envejecimiento progresivo, en la orilla sur y oriental las tasas de fertilidad, si bien muestran una tendencia decreciente, siguen siendo relativamente altas en relación a las que prevalecen en el norte de la cuenca. El problema se acentúa por una importante migración rural urbana desde el interior hacia la franja costera en el norte de África y en Oriente Medio. Estas tendencias implican que, si bien a mediados de los años 80 los países de la costa norte, desde España a Grecia, concentraban algo más de la mitad de la población mediterránea, entonces calculada en alrededor de 360 millones de habitantes, para el año 2025 tan sólo concentrarán un tercio de la población, estimada para ese año entre 550 y 570 millones.
De lo anterior deriva uno de los fenómenos más importantes de la cuenca mediterránea: la urbanización. A que la población mediterránea se concentra en una relativamente estrecha faja costera, hay que añadir que en esa misma zona litoral se concentra la mayor parte de las industrias de la ribera norte y se tiende a concentrar el proceso de industrialización del Mediterráneo sur y oriental, junto a todas las infraestructuras que conlleva. Se produce entonces una fuerte presión ambiental asociada a concentraciones humanas con una diferencia cualitativa importante: mientras que en el norte la población tiende a estabilizarse, ejerciendo sin embargo una fuerte presión debido a su nivel de consumo y al hecho de que está asociada a una fuerte concentración industrial, en el sur los niveles de consumo son una fracción de los del norte pero la población es mayor y la industrialización, si bien incipiente, tiene una tasa de expansión relativamente elevada.

2.3. La insularidad mediterránea
La insularidad es una característica relevante del Mediterráneo. Las islas están distribuidas muy desigualmente en la cuenca. En la parte oriental se encuentran los grandes archipiélagos del Adriático, el Jónico y el Egeo junto a las grandes islas de Creta, Chipre y Eubea, mientras que en la parte occidental se encuentran tres grupos de islas con centro en una o dos grandes islas: Sicilia con las Lipari y Egades, Córcega y Cerdeña y las Baleares, a las que se agregan las islas ubicadas en el estrecho de Sicilia (Lampedusa, Pantelleria etc.), las del archipiélago toscano en el mar de Liguria (Elba, Capraia etc.), las del archipiélago Pontino en el mar Tirreno (Capri, Ischia, Procida, etc.) y finalmente las islas de Malta, Alborán, etc.
Unas 200 islas están habitadas permanentemente. A fines de los años 80 se calculaba la población de las islas mediterráneas en más de 10 millones. Las islas occidentales son las que concentran la mayor población: las francesas, italianas y españolas agrupaban en esa fecha 7,5 millones de personas, de los cuales 6,5 millones correspondían a Sicilia y Cerdeña. Estas dos islas, junto con Córcega, Mallorca, Chipre, Creta, Malta y Eubea concentran más de nueve millones de habitantes, es decir, cerca del 90% de la población insular del Mediterráneo. La insularidad es particularmente importante en Grecia, donde representa el 19% del territorio y concentra el 14% de la población, y en Italia, donde representa el 16% del territorio y alberga el 12% de la población.

2.4. La diversidad biológica
La composición de las comunidades vegetales y animales mediterráneas se identifica con ecosistemas típicos sean estos continentales o litorales. Entre los primeros se suele distinguir los ecosistemas forestales, las estepas y los oasis. Entre los segundos se tienen los ecosistemas litorales continentales, los ecosistemas lagunares y los ecosistemas marinos litorales.
Los bosques mediterráneos cubren unos 85 millones de hectáreas, es decir un 9,4% de la superficie total, un porcentaje muy inferior de su antigua extensión mostrando una historia de fuerte deforestación para habilitar espacio a la agricultura o de tala indiscriminada para otros fines económicos como la construcción habitacional y naval o el consumo de leña como combustible. Estos ecosistemas están constituidos por una gran variedad de coníferas, tales como el pino mediterráneo, el piñonero, de Kabilia, negro de los Apeninos, los cedros del Atlas y del Líbano, así como los robles y las encinas. Entre los ecosistemas forestales degradados son típicos del Mediterráneo el junípero, las garrigas y maquíes, el romero, etc. El principal problema de los ecosistemas forestales son los incendios que periódicamente asolan los bosques mediterráneos.
Las estepas son típicas del norte de África y de la región de Anatolia. Albergan comunidades de animales relativamente diversificadas que dependen de una vegetación de escasa productividad y extremadamente frágil.
Finalmente, los oasis constituyen ecosistemas de extraordinaria fragilidad, que antiguamente se caracterizaban por una relativamente elevada diversidad biológica por tratarse de áreas de refugio, pero que en la actualidad se ha visto muy reducida como consecuencia de su progresiva explotación por el ser humano.
Los ecosistemas litorales son sistemas intermedios entre el medio continental y el marino, muy abundantes en la región mediterránea aunque limitados en cuanto a extensión. Los ecosistemas litorales continentales están constituidos por sistemas de dunas, acantilados rocosos y zonas lagunares costeras, en particular en las zonas deltaicas. Las zonas lagunares mediterráneas son de gran importancia, cubren aproximadamente un millón de hectáreas y son responsables de un 10% a un 30% de la producción haliéutica del Mediterráneo, sin tener en cuenta los invertebrados ni la gran variedad de especies demersales que acogen durante el período de cría. Además constituyen el hábitat o zona de acogida de numerosas especies de aves migratorias. Especialmente preocupantes son las amenazas sobre los sistemas lagunares del delta del Ebro, del Ródano, del Po y del Nilo, o del litoral del mar Egeo y de las costas de Túnez y de Argelia. Por lo que concierne a los ecosistemas marinos litorales son graves los problemas a los que deben enfrentarse las praderas de posidonia oceánica.
Se calcula que la región mediterránea alberga más de 10.000 especies marinas y unas 25.000 especies vegetales, de las que un 50% son endémicas. Por otra parte, se considera que cerca de un millar de plantas están en peligro de extinción y que 26 ya han desaparecido.
Por lo que respecta a los ecosistemas, se estima que el 75% de la dunas de la ribera norte han desaparecido y que en lo últimos 50 años se han eliminado un millón de hectáreas de zonas húmedas.
La pérdida de diversidad afecta también a las especies domésticas, así por ejemplo ya en 1970 la FAO señalaba que, de 145 razas bovinas del Mediterráneo, 115 se consideraban en vías de extinción, y que de 49 razas de cabras, 33 estaban también amenazadas.

2.5. La problemática del agua en el Mediterráneo
Uno de los problemas más serios del Mediterráneo se relaciona es la disponibilidad de agua. El régimen hidrográfico se caracteriza por su irregularidad —estaciones muy secas o muy lluviosas— y su desigual distribución geográfica —abundancia en ciertas regiones, particularmente en el litoral francés, y escasez en la costa sur y oriental—. Esto ha motivado, desde la Antigüedad, la construcción de grandes obras tales como presas, sistemas de riego, transferencias de una cuenca a otra, etc.
Los recursos internos de agua de los países mediterráneos llegan a 985 Km3 por año pero muy desigualmente distribuidos. En el norte de la cuenca se cuenta con el 74%, en la parte oriental con el 21% y en la parte sur con apenas el 5%. De las disponibilidades totales de agua, internas mas externas, los cuatro países más ricos en agua —Francia, Italia Turquía y los países de la ex Yugoslavia— disponen de más de 2/3 del total, es decir, unos 825 de los 1.179 Km3 disponibles por año. Además, mientras que en países como España, Italia, Turquía, Líbano, Libia y Marruecos, las disponibilidades son en su mayor parte internas, en otros países la situación es a la inversa. Así Egipto depende en un 98% de aguas procedentes de fuera de su territorio, Siria en un 80%, Israel en un 55%, etc.
La construcción de presas ha aumentado la disponibilidad de agua al menos en un 55% —un 20% sólo con la creación de la presa del Aswan o lago Nasser en el Nilo—. Por otra parte, la escasez de agua en ciertas regiones, en particular en las islas, obliga a su transporte para abastecer a la población. Por lo que concierne al consumo, la agricultura es la que ejerce una mayor demanda con un 72% del agua consumida en la cuenca, mientras que la industria absorbe un 17% y la parte destinada al consumo humano es del 10%. Estos porcentajes varían siendo más elevados en las zonas áridas y desérticas. Así el consumo agrícola de agua alcanza hasta un 80% en los países del sur, con un máximo del 90% en Libia. El elevado uso de agroquímicos en la agricultura y el vertido de residuos urbanos e industriales en las vías fluviales provocan un grave problema de contaminación de las aguas. Por otro lado, la intensificación agrícola y la creciente demanda de las áreas urbanas ha llevado a la sobre-explotación y eventual agotamiento de los acuíferos.
La problemática del agua en el Mediterráneo se ha acentuado por un proceso histórico de transformación y desecación de humedales, llevado a cabo por los agricultores con el fin de aumentar sus zonas agrícolas o bien como resultado de políticas encaminadas a eliminar focos de enfermedades —paludismo— e incorporar de paso tierras a la expansión urbana o agrícola.
Una parte muy importante de las aguas domésticas e industriales no están tratadas. Aunque las estadísticas son muy escasas y de poca fiabilidad, según algunos datos el 46% de la población carece de estaciones de depuración. Se calcula que entre el 70% y el 80% de la contaminación que llega al Mediterráneo es de origen terrestre.

2.6. Los suelos mediterráneos y la expansión agrícola
La agricultura ocupa un 28% de las tierras de la cuenca mediterránea y representa entre el 15% y el 18% del PNB de las regiones oriental y sur de la cuenca, y entre un 3% y un 5% en España, Francia e Italia.
Los suelos de las costas mediterráneas son muy sensibles a la erosión, en particular a la erosión hídrica en la orilla norte, y tanto a la hídrica como a la eólica en la parte sur y oriental de la cuenca. Este fenómeno se acentúa por las prácticas de deforestación y sobrepastoreo. A lo largo de la historia el cultivo de las laderas montañosas en terrazas ha permitido, no sólo habilitar tierras para la agricultura, sino combatir la erosión causada por la escorrentía de una forma eficaz. Por otra parte, la aridez que caracteriza a la mayor parte de los suelos de la cuenca implica la existencia de sales que tienden a subir a la superficie y concentrarse, en particular cuando se dan sistemas de riego mal diseñados y áreas con deficientes sistemas de drenaje, aumentando los riesgos de salinización de los suelos.
Las limitaciones para la agricultura, la fuerte presión poblacional y la dependencia del abastecimiento de alimentos han ejercido una fuerte presión sobre la tierra agrícola. Ésta, además de limitada, está constituida por escasas planicies aluviales —Po, Nilo, Ródano, Ebro— y pequeños valles agrícolas compartimentados. El aumento de la producción agrícola se ha llevado a cabo gracias a una fuerte intensificación, al incremento de la superficie regada, al uso masivo de fertilizantes y a la mecanización.
En primer lugar, las superficies regadas han aumentado vertiginosamente: entre 1970 y 1985 el área regada de la cuenca ha aumentado en 3 millones de hectáreas, de modo que actualmente más de 60 millones de hectáreas disfrutan de riego. En seis países más de un cuarto de la tierra cultivada es de regadío y en Egipto se riega la totalidad de la tierra bajo cultivo. El aumento del riego ha sido particularmente importante en Egipto, España, Turquía e Italia. En España el área regada aumentó de 1.450.000 hectáreas en 1950 a 3.261.000 hectáreas en 1986, y el número de presas de 200 a 899.
En segundo lugar, el uso de fertilizantes ha aumentado en un 50% desde 1970, siendo particularmente elevado en los países del norte, en particular Francia e Italia, y en Egipto, donde alcanza casi los 250 Kg por hectárea. En el resto de los países del sur de la cuenca, con la excepción de Turquía e Israel, no alcanza los 40 Kg por hectárea.
Por último, en lo que respecta a la mecanización, se constata que el número de tractores en servicio se ha incrementado en un 40%. Sin embargo este fuerte incremento es atribuible a pocos países: Italia, Francia, los países de la ex Yugoslavia e Israel.
En síntesis, si bien es cierto que la intensificación agrícola caracteriza a toda la región mediterránea, no lo es menos que se produce de forma muy desigual, siendo mucho más acentuada en el norte que en el sur. Así el uso de fertilizantes, con excepción de Egipto, es muy reducido en el sur, donde el nivel de mecanización también es incipiente. La intensificación lleva asociados fuertes impactos ambientales. El riego ha cambiado los paisajes, ha aumentado los problemas de salinización y ha provocado la sobreexplotación de acuíferos. El uso de agroquímicos ha creado problemas serios de contaminación difusa y ha inducido fenómenos de eutrofización. La mecanización agrava los problemas de erosión en tierras ya de por sí vulnerables a la erosión hídrica y eólica.

2.7. Los recursos del mar
La explotación de los recursos del mar es y ha sido una importante actividad en prácticamente todos los países mediterráneos, donde, además, sus hábitos de consumo se traducen en una demanda relativamente elevada de productos del mar. Se calcula que el consumo por habitante y año alcanza a los 12 Kg, con variaciones apreciables que van de 0,5 Kg en algunas regiones —Líbano— a más de 30 Kg en otras —España—. Si bien en el Mediterráneo se han identificado más de 1.520 especies, el número explotado es inferior a las 90.
Las capturas han aumentado notablemente desde 1955, cuando se calculaban en cerca de 500.000 toneladas por año, hasta algo mas de un millón de toneladas a mediados de los setenta, época en la cual prácticamente se estabiliza. Este volumen es una fracción muy pequeña del volumen de las capturas mundiales, alrededor de 1,2%, si bien equivale a alrededor del 5% de su valor. Según los expertos estas cifras podrían estar subestimadas hasta un 30%, ya que, tratándose de una actividad aún muy artesanal, no se disponen de estadísticas adecuadas y fidedignas. Los países del litoral norte son responsables de algo más del 78% de las capturas, siendo Italia, España, Grecia, Túnez, Turquía y Argelia los principales países pesqueros, con un claro liderazgo de Italia, que es responsable de algo menos de 500.000 toneladas anuales, a considerable distancia de España, el segundo país pesquero con unas 140.000 toneladas, y de Grecia y Túnez, con aproximadamente 100.000 toneladas cada uno. Los mayores volúmenes de captura se dan en el mar Adriático y en el Jónico y se concentran en especies pelágicas costeras, que, sumadas a las pelágicas oceánicas, representan casi el 50% del total de capturas del Mediterráneo.
La actividad pesquera se ve profundamente afectada por la destrucción de hábitats resultante de los fenómenos de contaminación, originados tanto en las plataformas continentales como en la marina. Por otra parte las artes de pesca utilizadas son poco selectivas lo que se traduce en un porcentaje elevado de pesca incidental o fauna de acompañamiento, es decir especies no deseadas capturadas conjuntamente con las deseadas y que finalmente son devueltas al mar. Si bien no se dispone de estadísticas sobre el volumen de pesca de descarte, se estima que en el Mediterráneo puede alcanzar hasta un 40% o un 50% del total de capturas, reflejando una explotación irracional e insostenible del recurso marino.

2.8. La contaminación y degradación ambiental en el mediterráneo
La principales causas o fuentes de contaminación y degradación ambiental de la cuenca mediterránea están fundamentalmente localizadas en el litoral. Así se constata que el 70% de las aguas residuales urbanas son vertidas en el mar sin tratamiento. En la costa sur de la cuenca este porcentaje se eleva al 90%. Se estima que cada ciudad costera vierte un promedio de 10 litros de residuos por cada metro de costa. Casi el 60% de toda la contaminación del Mediterráneo se genera en Francia, Italia y España, con un 35% que fluye a través del Adriático. Se estima que entre el 70% y el 80% de la contaminación industrial que entra al Mediterráneo se genera también en esos tres países.
Por otra parte, el Mediterráneo, con apenas un 0,7% de la superficie de los mares de la Tierra, alberga el 35% del comercio mundial de crudos y de productos refinados de petróleo, el 15% de los químicos y un 17% del comercio mundial. A este volumen habría que añadir un importante tráfico mundial de sustancias químicas tóxicas y persistentes, por lo general subproductos de la industria petrolera. Si bien es cierto que ha habido una importante reducción en el número de barcos, ésta ha sido más que compensada por el aumento de su tonelaje, con lo cual el riesgo de grandes daños ambientales como resultado de accidentes ha aumentado notablemente. Se estima que entre un 60% y un 70% de la contaminación por petróleo y sus derivados del mar Mediterráneo se origina en las tareas rutinarias de descarga, limpieza de sentinas, etc. Esto lo convierte en uno de los mares más sucios del planeta con una concentración superficial de alquitrán equivalente a 10 veces la de otros mares regionales. La contaminación por vertidos de petróleo del tráfico marítimo en el Mediterráneo equivale a un desastre de las proporciones del accidente del Exxon Valdés cada tres semanas.

2.9. La industrialización y sus efectos ambientales
El vertido de residuos sólidos es particularmente serio en las proximidades de los centros urbanos e industriales costeros. Los primeros son particularmente importantes en la ribera sur y oriental, mientras que los segundos son más graves en el litoral norte. Las áreas más problemáticas son el delta del Nilo en Egipto, las zonas costeras de Argel, el litoral del mar Egeo, las costas del mar de Mármara en Turquía, el sudoeste de la costa francesa y el nordeste de la costa española. En el delta del Nilo se estima que la generación de residuos sólidos será, a fines de la década, de 16.920 toneladas diarias, en el mar de Mármara de 5.760, mientras que en el nordeste de España y el sudeste de Francia alcanzará las 4.200 toneladas por día. Dentro de los residuos sólidos son especialmente preocupantes los potencialmente tóxicos, que se originan principalmente en las actividades industriales y están compuestos por químicos y metales pesados, y a continuación los residuos tóxicos de industrias de menor envergadura como curtidos, textil, electrónica, etc. La reglamentación sobre este tema en el Mediterráneo es escasa, fragmentaria, en algunos caso muy laxa, ineficaz o simplemente inexistente.
Los problemas de deterioro del Mediterráneo se acentúan por los vertidos que llegan al mar procedentes de actividades continentales como la contaminación difusa, originada en el sector agrícola, o residuos de las actividades industriales asentadas en las mayores cuencas hidrográficas como el Llobregat, el Ebro, el Ródano, el Po y el Nilo.
Prácticamente la totalidad de los ríos italianos atraviesan una de las áreas más industrializadas de toda la cuenca. Sólo el valle del Po genera el 50% de todos los residuos industriales de Italia y es el mayor factor de contaminación del mar Adriático: él solo es responsable del 75% al 80% de todo el nitrógeno y el fósforo que se vierten en el Adriático, lo que lo convierte en el principal causante de su eutrofización. El Adriático es un mar muy cerrado con lo cual el intercambio con el resto del Mediterráneo es limitado y lo hace propenso a fenómenos de eutrofización por la acumulación y concentración de residuos, en especial orgánicos o como la citada contaminación por nitrógeno y fósforo. Además el Po arrastra elevadas cantidades de cobre, cadmio, cromo, plomo, níquel, zinc, mercurio, etc.
Los problemas del Adriático se acentúan por la industria de la ex Yugoslavia, en particular aquélla concentrada en Split, Rikjeka y, en menor medida, en Sibenik y Zadar. Se trata, sobre todo, de contaminación atmosférica porque gran parte de la energía se obtiene por la quema de lignitos y carbón con alto contenido de azufre, como es el caso de las plantas de Kosovo, Bosnia-Herzegovina, Croacia y Eslovenia, a lo que hay que añadir las fuertes emisiones de la industria férrica y de metales no ferrosos —en Zenica, Novi Sad, Trepca y Sibenik—, sin ignorar la fuerte contaminación atmosférica de las grandes capitales —Ljubljana, Zagreb, Sarajevo y Belgrado—, donde los niveles de emisiones de azufre han llegado a duplicar las normas fijadas por la Organización Mundial de la Salud.
Los otros grandes centros industriales italianos son porto Marghera, cerca de Venecia y que afecta también al Adriático, Génova y la bahía de Nápoles, ambos en la costa occidental italiana, con impactos de consideración sobre los mares de Liguria y Tirreno.
Si bien es cierto que la industria francesa está en gran medida localizada en la zonas de París–Ile de France, Lille, etc., no es menos cierto que una gran parte de ella se ubica alrededor de Lyon, en la cuenca del Ródano, y en la región de Clermont-Ferrand. El Ródano es responsable de los mayores aportes de material orgánico al Mediterráneo. A estos impactos se agregan los de la industria situada propiamente en el litoral francés: Marsella, Niza y el golfo de Fos-Etang de Berre, probablemente una de las zonas industriales más importantes de Francia.
Cataluña, por su parte, es responsable de cerca del 70% de la contaminación industrial española que se vierte al Mediterráneo, incluye los residuos de la industria textil, de fertilizantes, petroquímicas, refinerías, acero, y curtidos —Barcelona concentra el 40% de la industria española de elaboración de pieles—. Las otras fuentes de contaminación importantes son Roquetas de Mar —mercurio y plomo—, Alicante y Castellón —cadmio— y las plantas petroquímicas de Sagunto, Tarragona, Cartagena y sobre todo la bahía de Algeciras y de Portman.
La relativamente rápida industrialización de la parte sur y oriental de la cuenca y su acentuada concentración en las zonas urbanas del litoral, asociada a una normativa ambiental más laxa y a la carencia de infraestructuras adecuadas, se traduce en una presión crecientes sobre el Mediterráneo. Algunos de estos centros de contaminación de importancia están localizados en la cuenca del Nilo en Egipto, en particular en la concentración El Cairo-Alejandría, la zona del gran Argel en Argelia, y la costa turca en el oriente de la cuenca. En el primer caso, el Nilo recoge a lo largo de su trayecto, no sólo los vertidos urbanos, sino que además las descargas de las industrias localizadas en sus riberas, desde las de las plantas azucareras de Quos y Kom-Ombo, en el Alto Egipto, pasando por las plantas de fertilizantes de Talka, las cementeras de Helwan, los curtidos del Cairo y las industrias de todo tipo de Alejandría y Shoubrah El Kheima, sin olvidar que la planta química de El-Misr vierte mercurio directamente al mar.
En Argelia la contaminación es particularmente seria en Skikda, Arzew y Annaba por la existencia de plantas de fertilizantes, refinerías e industria químicas. Es particularmente grave la contaminación con metales pesados, PCB, ácidos y solventes. Finalmente en el litoral turco los focos más importantes son Estambul-Izmit, Esmirna y Adana-Mersin. Se estima que la bahía de Izmit, donde más de 100 plantas de papel, petroquímicas, agroalimentarias, de fertilizantes, curtidos, aceite de oliva, jabón, textil etc. vierten sus residuos, es la más contaminada de Turquía. Esta contaminación incluye mercurio, cadmio, cromo, zinc, etc. Se ha estimado que las concentraciones de mercurio y cadmio superan al menos en 10 veces los promedios del Mediterráneo. El mismo tipo de contaminación se registra en Esmirna.

2.10. El turismo en el Mediterráneo
De particular importancia es el impacto del turismo: se calcula que entre los meses de junio y septiembre la cuenca mediterránea recibe 45 millones de turistas internos y mas de 50 millones de turistas extranjeros, lo que equivale a las poblaciones totales de España e Italia juntas, que se concentran en esa delgada faja costera entre las montañas y el mar o en algunas de sus islas. En 1984 el Mediterráneo captó el 35% del mercado turístico internacional y en 1996 continuaba con la misma tónica con el 30% y unos 183 millones de turistas.
Desde el punto de vista económico la importancia del turismo se aprecia en el hecho de que los ingresos que generó en 1990 alcanzaron los 73.159 millones de dólares, que representan el 53% de los generados en Europa y el 29% de los ingresos generados por el turismo a nivel mundial. En términos de porcentajes del producto interior bruto el turismo representaba en 1992 el 8% del PIB en Francia y el 9% en España. En los países del sur de la cuenca representaba: el 27% y el 17% del PIB de Chipre y de Malta, respectivamente; el 7,1% en Egipto y Túnez; el 5,1% en Marruecos; el 4,2% en Israel; y porcentajes menores en el resto.
La presión turística agrava el problema de la contaminación de las aguas así como el de la sobreexplotación y eventual agotamiento de los acuíferos, acentúa el fenómeno de concentración humana y de generación de residuos. En 1989 la demanda turística implicaba demandas de más de 25.228 hectáreas de suelos para instalaciones y de 40 millones de m3 de agua potable —de 500 a 800 litros de agua por persona y día en un hotel de lujo, cifra muy superior al consumo promedio de un residente permanente en las mismas zonas turísticas—, y suponía la generación de 144.000 toneladas de residuos sólidos urbanos y de 24 millones de m3 de aguas residuales.

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