2. LA REGIÓN MEDITERRÁNEA
2.1. La definición del
marco geográfico y su caracterización
2.2. La población
mediterránea
2.3. La insularidad
mediterránea
2.4. La diversidad
biológica
2.5. La problemática del
agua en el Mediterráneo
2.6. Los suelos mediterráneos y la expansión agrícola
2.7. Los recursos del mar
2.8. La contaminación y
degradación ambiental del Mediterráneo
2.9. La industrialización
y sus efectos ambientales
2.10. El turismo en el
Mediterráneo
2.1. Definición del marco geográfico y su
caracterización
Cuando se habla del Mediterráneo, que quiere decir «mar
entre tierras», se suele tener una idea un tanto imprecisa de
cuáles son realmente los límites del área a la que nos
referimos. De atenernos a sus orígenes geológicos, incluría
necesariamente el mar Negro ya que se trata de una de las partes
en que se dividía el antiguo mar de Thetys, que separaba al
continente Africano del Eurasiático y que estaba constituido por
dos cuencas: una oriental, hoy conocida como mar Negro, y otra
occidental, que es el actual mar Mediterráneo, separadas por el
estrecho de los Dardanelos.
Por otra parte: ¿se restringe la expresión exclusivamente al
mar Mediterráneo propiamente dicho con su sistema insular y el
litoral de los países ribereños o incluye las cuencas
hidrográficas que vierten sus aguas al mar? En este último caso
la inclusión del valle del Ródano extendería la región
mediterránea hasta Ginebra y Lausana, en Suiza, con el lago
Leman, mientras que por el sur el Nilo justificaría la
inclusión de Sudán, Etiopía, Uganda y el lago Victoria.
¿Termina el Mediterráneo en los Dardanelos o incluye también
el mar de Mármara? El Plan Azul parece inclinarse por una
definición un tanto ecológica, según la cual el área
mediterránea está determinada por los límites geográficos del
cultivo del olivo.
Las características relevantes están determinadas por la
existencia de un mar cerrado, el Mediterráneo, cuyo nivel se
mantiene por las entradas desde el Atlántico a través del
estrecho de Gibraltar. Este mar y sus Estados ribereños han sido
el locus del más antiguo desarrollo humano. Muchas
civilizaciones se han sucedido en las riberas del Mediterráneo:
egipcios, griegos, fenicios y cartagineses hasta el imperio
Romano y después, pasando por la colonización de los árabes,
del imperio otomano y las colonizaciones de los europeos
(catalanes, franceses, etc.), hasta nuestros días. Este suceder
de civilizaciones implica una fuerte intervención humana de
intensidad creciente con profundas transformaciones, en gran
medida irreversibles, del sistema natural original: probablemente
la cuenca mediterránea constituye el sistema natural más
intervenido del planeta, hasta tal punto que es hoy imposible
separar lo natural de lo construido por el hombre. En realidad se
da un verdadero continuo natural-socio-económico-cultural en el
cual el mar ha sido el vínculo natural de los Estados
ribereños, sus culturas y sus sistemas socioeconómicos.
Lo anterior no debe, sin embargo, entenderse como una
imposibilidad de definir características naturales de la cuenca
mediterránea. Así, aun cuando se acostumbra a hablar del
Mediterráneo como si fuera un mar homogéneo, se trata en
realidad de dos cuencas relativamente profundas separadas por una
cadena montañosa submarina, que se conoce como el estrecho de
Sicilia, entre esta isla y Túnez, de profundidad relativamente
pequeña. Ambas cuencas están a su vez divididas en una serie de
pequeñas cuencas o mares. Así, la cuenca occidental incluye el
mar de Alborán, el mar de Argelia o cuenca Balear, el mar de
Liguria y el mar Tirreno. La cuenca oriental contiene el mar
Adriático, el Jónico, el Egeo, el de Libia y el de Levante.
Cada uno de estos mares tiene sus propias características.
Las Columnas de Hércules, o lo que se conoce como el estrecho de
Gibraltar, son el único vínculo del Mediterráneo con el
océano Atlántico, un paso relativamente pequeño de apenas 15
Km y con una profundidad de sólo 290 metros, por donde se
efectúa el aporte de agua al Mediterráneo en un ciclo de
renovación que tarda 90 años en completarse. Dentro de la
cuenca la evaporación es relativamente elevada, lo que hace que
la salinidad sea relativamente alta, fenómeno que no se compensa
por el aporte de agua dulce de los ríos que vierten en la
cuenca. El hecho de ser una cuenca muy cerrada y el escaso aporte
de aguas contribuyen a que las mareas sean relativamente débiles
y las aguas más bien calientes. Estas características del
Mediterráneo tienen consecuencias tanto favorables como
desfavorables: por un lado, contribuyen a un clima muy benigno,
facilitan el transporte y los asentamientos humanos en las zonas
litorales, y por otra, lo configuran como una mar que no tiene
capacidad de «lavarse», de manera que los fenómenos de
contaminación tienden a agravarse.
Característica importante de la cuenca mediterránea es que
está prácticamente rodeada en su totalidad por montañas que
frecuentemente caen abruptamente al mar, salvo una extensión de
aproximadamente 3.000 Km entre Egipto y Libia, desde el Nilo a la
cordillera del Atlas, donde la plataforma Sahariana y el desierto
llegan al mar. Entre las montañas y el mar se extiende una
franja de escasa altitud que raramente supera los 20 Km de ancho
y que por lo general es mucho menor, en la cual a lo largo de
miles de años se han asentado poblaciones humanas. Además, los
46.000 Km de costa de la cuenca están a menudo fraccionados por
las montañas que caen abruptamente al mar, lo que convierte el
litoral mediterráneo en un litoral altamente compartimentado.
Así, es conocido por sus calas en Cataluña, Baleares,
Valencia y Andalucía en España, o por los calanques en
la Provenza francesa o las rivieras francesas e italianas.
Una de las peculiaridades de la cuenca mediterránea es su clima,
caracterizado por estaciones muy marcadas, veranos secos y
calurosos, inviernos suaves y muy húmedos, régimen
pluviométrico irregular e imprevisible, tanto dentro de un mismo
año como entre diferentes años. Se trata del llamado clima
mediterráneo, que caracteriza otras regiones del mundo como
California y algunas áreas de América del Sur, Australia y
Sudáfrica.
2.2. La población mediterránea
De los 410 millones de habitantes de los Estados de la cuenca
mediterránea más del 37% habita en el litoral mediterráneo que
representa sólo el 17,5% del área total de dichos países. Pero
el fenómeno poblacional presenta una clara asimetría: mientras
en la orilla norte la población esta prácticamente estabilizada
y en realidad es una población que tiende al envejecimiento
progresivo, en la orilla sur y oriental las tasas de fertilidad,
si bien muestran una tendencia decreciente, siguen siendo
relativamente altas en relación a las que prevalecen en el norte
de la cuenca. El problema se acentúa por una importante
migración rural urbana desde el interior hacia la franja costera
en el norte de África y en Oriente Medio. Estas tendencias
implican que, si bien a mediados de los años 80 los países de
la costa norte, desde España a Grecia, concentraban algo más de
la mitad de la población mediterránea, entonces calculada en
alrededor de 360 millones de habitantes, para el año 2025 tan
sólo concentrarán un tercio de la población, estimada para ese
año entre 550 y 570 millones.
De lo anterior deriva uno de los fenómenos más importantes de
la cuenca mediterránea: la urbanización. A que la población
mediterránea se concentra en una relativamente estrecha faja
costera, hay que añadir que en esa misma zona litoral se
concentra la mayor parte de las industrias de la ribera norte y
se tiende a concentrar el proceso de industrialización del
Mediterráneo sur y oriental, junto a todas las infraestructuras
que conlleva. Se produce entonces una fuerte presión ambiental
asociada a concentraciones humanas con una diferencia cualitativa
importante: mientras que en el norte la población tiende a
estabilizarse, ejerciendo sin embargo una fuerte presión debido
a su nivel de consumo y al hecho de que está asociada a una
fuerte concentración industrial, en el sur los niveles de
consumo son una fracción de los del norte pero la población es
mayor y la industrialización, si bien incipiente, tiene una tasa
de expansión relativamente elevada.
2.3. La insularidad mediterránea
La insularidad es una característica relevante del
Mediterráneo. Las islas están distribuidas muy desigualmente en
la cuenca. En la parte oriental se encuentran los grandes
archipiélagos del Adriático, el Jónico y el Egeo junto a las
grandes islas de Creta, Chipre y Eubea, mientras que en la parte
occidental se encuentran tres grupos de islas con centro en una o
dos grandes islas: Sicilia con las Lipari y Egades, Córcega y
Cerdeña y las Baleares, a las que se agregan las islas ubicadas
en el estrecho de Sicilia (Lampedusa, Pantelleria etc.), las del
archipiélago toscano en el mar de Liguria (Elba, Capraia etc.),
las del archipiélago Pontino en el mar Tirreno (Capri, Ischia,
Procida, etc.) y finalmente las islas de Malta, Alborán, etc.
Unas 200 islas están habitadas permanentemente. A fines de los
años 80 se calculaba la población de las islas mediterráneas
en más de 10 millones. Las islas occidentales son las que
concentran la mayor población: las francesas, italianas y
españolas agrupaban en esa fecha 7,5 millones de personas, de
los cuales 6,5 millones correspondían a Sicilia y Cerdeña.
Estas dos islas, junto con Córcega, Mallorca, Chipre, Creta,
Malta y Eubea concentran más de nueve millones de habitantes, es
decir, cerca del 90% de la población insular del Mediterráneo.
La insularidad es particularmente importante en Grecia, donde
representa el 19% del territorio y concentra el 14% de la
población, y en Italia, donde representa el 16% del territorio y
alberga el 12% de la población.
2.4. La diversidad biológica
La composición de las comunidades vegetales y animales
mediterráneas se identifica con ecosistemas típicos sean estos
continentales o litorales. Entre los primeros se suele distinguir
los ecosistemas forestales, las estepas y los oasis. Entre los
segundos se tienen los ecosistemas litorales continentales, los
ecosistemas lagunares y los ecosistemas marinos litorales.
Los bosques mediterráneos cubren unos 85 millones de hectáreas,
es decir un 9,4% de la superficie total, un porcentaje muy
inferior de su antigua extensión mostrando una historia de
fuerte deforestación para habilitar espacio a la agricultura o
de tala indiscriminada para otros fines económicos como la
construcción habitacional y naval o el consumo de leña como
combustible. Estos ecosistemas están constituidos por una gran
variedad de coníferas, tales como el pino mediterráneo, el
piñonero, de Kabilia, negro de los Apeninos, los cedros del
Atlas y del Líbano, así como los robles y las encinas. Entre
los ecosistemas forestales degradados son típicos del
Mediterráneo el junípero, las garrigas y maquíes, el romero,
etc. El principal problema de los ecosistemas forestales son los
incendios que periódicamente asolan los bosques mediterráneos.
Las estepas son típicas del norte de África y de la región de
Anatolia. Albergan comunidades de animales relativamente
diversificadas que dependen de una vegetación de escasa
productividad y extremadamente frágil.
Finalmente, los oasis constituyen ecosistemas de extraordinaria
fragilidad, que antiguamente se caracterizaban por una
relativamente elevada diversidad biológica por tratarse de
áreas de refugio, pero que en la actualidad se ha visto muy
reducida como consecuencia de su progresiva explotación por el
ser humano.
Los ecosistemas litorales son sistemas intermedios entre el medio
continental y el marino, muy abundantes en la región
mediterránea aunque limitados en cuanto a extensión. Los
ecosistemas litorales continentales están constituidos por
sistemas de dunas, acantilados rocosos y zonas lagunares
costeras, en particular en las zonas deltaicas. Las zonas
lagunares mediterráneas son de gran importancia, cubren
aproximadamente un millón de hectáreas y son responsables de un
10% a un 30% de la producción haliéutica del Mediterráneo, sin
tener en cuenta los invertebrados ni la gran variedad de especies
demersales que acogen durante el período de cría. Además
constituyen el hábitat o zona de acogida de numerosas especies
de aves migratorias. Especialmente preocupantes son las amenazas
sobre los sistemas lagunares del delta del Ebro, del Ródano, del
Po y del Nilo, o del litoral del mar Egeo y de las costas de
Túnez y de Argelia. Por lo que concierne a los ecosistemas
marinos litorales son graves los problemas a los que deben
enfrentarse las praderas de posidonia oceánica.
Se calcula que la región mediterránea alberga más de 10.000
especies marinas y unas 25.000 especies vegetales, de las que un
50% son endémicas. Por otra parte, se considera que cerca de un
millar de plantas están en peligro de extinción y que 26 ya han
desaparecido.
Por lo que respecta a los ecosistemas, se estima que el 75% de la
dunas de la ribera norte han desaparecido y que en lo últimos 50
años se han eliminado un millón de hectáreas de zonas
húmedas.
La pérdida de diversidad afecta también a las especies
domésticas, así por ejemplo ya en 1970 la FAO señalaba que, de
145 razas bovinas del Mediterráneo, 115 se consideraban en vías
de extinción, y que de 49 razas de cabras, 33 estaban también
amenazadas.
2.5. La problemática del agua en el
Mediterráneo
Uno de los problemas más serios del Mediterráneo se
relaciona es la disponibilidad de agua. El régimen hidrográfico
se caracteriza por su irregularidad estaciones muy secas o
muy lluviosas y su desigual distribución geográfica
abundancia en ciertas regiones, particularmente en el
litoral francés, y escasez en la costa sur y oriental.
Esto ha motivado, desde la Antigüedad, la construcción de
grandes obras tales como presas, sistemas de riego,
transferencias de una cuenca a otra, etc.
Los recursos internos de agua de los países mediterráneos
llegan a 985 Km3 por año pero muy
desigualmente distribuidos. En el norte de la cuenca se cuenta
con el 74%, en la parte oriental con el 21% y en la parte sur con
apenas el 5%. De las disponibilidades totales de agua, internas
mas externas, los cuatro países más ricos en agua
Francia, Italia Turquía y los países de la ex
Yugoslavia disponen de más de 2/3 del total, es decir,
unos 825 de los 1.179 Km3 disponibles por
año. Además, mientras que en países como España, Italia,
Turquía, Líbano, Libia y Marruecos, las disponibilidades son en
su mayor parte internas, en otros países la situación es a la
inversa. Así Egipto depende en un 98% de aguas procedentes de
fuera de su territorio, Siria en un 80%, Israel en un 55%, etc.
La construcción de presas ha aumentado la disponibilidad de agua
al menos en un 55% un 20% sólo con la creación de la
presa del Aswan o lago Nasser en el Nilo. Por otra parte,
la escasez de agua en ciertas regiones, en particular en las
islas, obliga a su transporte para abastecer a la población. Por
lo que concierne al consumo, la agricultura es la que ejerce una
mayor demanda con un 72% del agua consumida en la cuenca,
mientras que la industria absorbe un 17% y la parte destinada al
consumo humano es del 10%. Estos porcentajes varían siendo más
elevados en las zonas áridas y desérticas. Así el consumo
agrícola de agua alcanza hasta un 80% en los países del sur,
con un máximo del 90% en Libia. El elevado uso de agroquímicos
en la agricultura y el vertido de residuos urbanos e industriales
en las vías fluviales provocan un grave problema de
contaminación de las aguas. Por otro lado, la intensificación
agrícola y la creciente demanda de las áreas urbanas ha llevado
a la sobre-explotación y eventual agotamiento de los acuíferos.
La problemática del agua en el Mediterráneo se ha acentuado por
un proceso histórico de transformación y desecación de
humedales, llevado a cabo por los agricultores con el fin de
aumentar sus zonas agrícolas o bien como resultado de políticas
encaminadas a eliminar focos de enfermedades
paludismo e incorporar de paso tierras a la
expansión urbana o agrícola.
Una parte muy importante de las aguas domésticas e industriales
no están tratadas. Aunque las estadísticas son muy escasas y de
poca fiabilidad, según algunos datos el 46% de la población
carece de estaciones de depuración. Se calcula que entre el 70%
y el 80% de la contaminación que llega al Mediterráneo es de
origen terrestre.
2.6.
Los suelos mediterráneos y la expansión agrícola
La agricultura ocupa un 28% de las tierras de la cuenca
mediterránea y representa entre el 15% y el 18% del PNB de las
regiones oriental y sur de la cuenca, y entre un 3% y un 5% en
España, Francia e Italia.
Los suelos de las costas mediterráneas son muy sensibles a la
erosión, en particular a la erosión hídrica en la orilla
norte, y tanto a la hídrica como a la eólica en la parte sur y
oriental de la cuenca. Este fenómeno se acentúa por las
prácticas de deforestación y sobrepastoreo. A lo largo de la
historia el cultivo de las laderas montañosas en terrazas ha
permitido, no sólo habilitar tierras para la agricultura, sino
combatir la erosión causada por la escorrentía de una forma
eficaz. Por otra parte, la aridez que caracteriza a la mayor
parte de los suelos de la cuenca implica la existencia de sales
que tienden a subir a la superficie y concentrarse, en particular
cuando se dan sistemas de riego mal diseñados y áreas con
deficientes sistemas de drenaje, aumentando los riesgos de
salinización de los suelos.
Las limitaciones para la agricultura, la fuerte presión
poblacional y la dependencia del abastecimiento de alimentos han
ejercido una fuerte presión sobre la tierra agrícola. Ésta,
además de limitada, está constituida por escasas planicies
aluviales Po, Nilo, Ródano, Ebro y pequeños valles
agrícolas compartimentados. El aumento de la producción
agrícola se ha llevado a cabo gracias a una fuerte
intensificación, al incremento de la superficie regada, al uso
masivo de fertilizantes y a la mecanización.
En primer lugar, las superficies regadas han aumentado
vertiginosamente: entre 1970 y 1985 el área regada de la cuenca
ha aumentado en 3 millones de hectáreas, de modo que actualmente
más de 60 millones de hectáreas disfrutan de riego. En seis
países más de un cuarto de la tierra cultivada es de regadío y
en Egipto se riega la totalidad de la tierra bajo cultivo. El
aumento del riego ha sido particularmente importante en Egipto,
España, Turquía e Italia. En España el área regada aumentó
de 1.450.000 hectáreas en 1950 a 3.261.000 hectáreas en 1986, y
el número de presas de 200 a 899.
En segundo lugar, el uso de fertilizantes ha aumentado en un 50%
desde 1970, siendo particularmente elevado en los países del
norte, en particular Francia e Italia, y en Egipto, donde alcanza
casi los 250 Kg por hectárea. En el resto de los países del sur
de la cuenca, con la excepción de Turquía e Israel, no alcanza
los 40 Kg por hectárea.
Por último, en lo que respecta a la mecanización, se constata
que el número de tractores en servicio se ha incrementado en un
40%. Sin embargo este fuerte incremento es atribuible a pocos
países: Italia, Francia, los países de la ex Yugoslavia e
Israel.
En síntesis, si bien es cierto que la intensificación agrícola
caracteriza a toda la región mediterránea, no lo es menos que
se produce de forma muy desigual, siendo mucho más acentuada en
el norte que en el sur. Así el uso de fertilizantes, con
excepción de Egipto, es muy reducido en el sur, donde el nivel
de mecanización también es incipiente. La intensificación
lleva asociados fuertes impactos ambientales. El riego ha
cambiado los paisajes, ha aumentado los problemas de
salinización y ha provocado la sobreexplotación de acuíferos.
El uso de agroquímicos ha creado problemas serios de
contaminación difusa y ha inducido fenómenos de eutrofización.
La mecanización agrava los problemas de erosión en tierras ya
de por sí vulnerables a la erosión hídrica y eólica.
2.7. Los recursos del mar
La explotación de los recursos del mar es y ha sido una
importante actividad en prácticamente todos los países
mediterráneos, donde, además, sus hábitos de consumo se
traducen en una demanda relativamente elevada de productos del
mar. Se calcula que el consumo por habitante y año alcanza a los
12 Kg, con variaciones apreciables que van de 0,5 Kg en algunas
regiones Líbano a más de 30 Kg en otras
España. Si bien en el Mediterráneo se han
identificado más de 1.520 especies, el número explotado es
inferior a las 90.
Las capturas han aumentado notablemente desde 1955, cuando se
calculaban en cerca de 500.000 toneladas por año, hasta algo mas
de un millón de toneladas a mediados de los setenta, época en
la cual prácticamente se estabiliza. Este volumen es una
fracción muy pequeña del volumen de las capturas mundiales,
alrededor de 1,2%, si bien equivale a alrededor del 5% de su
valor. Según los expertos estas cifras podrían estar
subestimadas hasta un 30%, ya que, tratándose de una actividad
aún muy artesanal, no se disponen de estadísticas adecuadas y
fidedignas. Los países del litoral norte son responsables de
algo más del 78% de las capturas, siendo Italia, España,
Grecia, Túnez, Turquía y Argelia los principales países
pesqueros, con un claro liderazgo de Italia, que es responsable
de algo menos de 500.000 toneladas anuales, a considerable
distancia de España, el segundo país pesquero con unas 140.000
toneladas, y de Grecia y Túnez, con aproximadamente 100.000
toneladas cada uno. Los mayores volúmenes de captura se dan en
el mar Adriático y en el Jónico y se concentran en especies
pelágicas costeras, que, sumadas a las pelágicas oceánicas,
representan casi el 50% del total de capturas del Mediterráneo.
La actividad pesquera se ve profundamente afectada por la
destrucción de hábitats resultante de los fenómenos de
contaminación, originados tanto en las plataformas continentales
como en la marina. Por otra parte las artes de pesca utilizadas
son poco selectivas lo que se traduce en un porcentaje elevado de
pesca incidental o fauna de acompañamiento, es decir especies no
deseadas capturadas conjuntamente con las deseadas y que
finalmente son devueltas al mar. Si bien no se dispone de
estadísticas sobre el volumen de pesca de descarte, se estima
que en el Mediterráneo puede alcanzar hasta un 40% o un 50% del
total de capturas, reflejando una explotación irracional e
insostenible del recurso marino.
2.8. La contaminación y degradación ambiental
en el mediterráneo
La principales causas o fuentes de contaminación y
degradación ambiental de la cuenca mediterránea están
fundamentalmente localizadas en el litoral. Así se constata que
el 70% de las aguas residuales urbanas son vertidas en el mar sin
tratamiento. En la costa sur de la cuenca este porcentaje se
eleva al 90%. Se estima que cada ciudad costera vierte un
promedio de 10 litros de residuos por cada metro de costa. Casi
el 60% de toda la contaminación del Mediterráneo se genera en
Francia, Italia y España, con un 35% que fluye a través del
Adriático. Se estima que entre el 70% y el 80% de la
contaminación industrial que entra al Mediterráneo se genera
también en esos tres países.
Por otra parte, el Mediterráneo, con apenas un 0,7% de la
superficie de los mares de la Tierra, alberga el 35% del comercio
mundial de crudos y de productos refinados de petróleo, el 15%
de los químicos y un 17% del comercio mundial. A este volumen
habría que añadir un importante tráfico mundial de sustancias
químicas tóxicas y persistentes, por lo general subproductos de
la industria petrolera. Si bien es cierto que ha habido una
importante reducción en el número de barcos, ésta ha sido más
que compensada por el aumento de su tonelaje, con lo cual el
riesgo de grandes daños ambientales como resultado de accidentes
ha aumentado notablemente. Se estima que entre un 60% y un 70% de
la contaminación por petróleo y sus derivados del mar
Mediterráneo se origina en las tareas rutinarias de descarga,
limpieza de sentinas, etc. Esto lo convierte en uno de los mares
más sucios del planeta con una concentración superficial de
alquitrán equivalente a 10 veces la de otros mares regionales.
La contaminación por vertidos de petróleo del tráfico
marítimo en el Mediterráneo equivale a un desastre de las
proporciones del accidente del Exxon Valdés cada tres
semanas.
2.9. La industrialización y sus efectos
ambientales
El vertido de residuos sólidos es particularmente serio en
las proximidades de los centros urbanos e industriales costeros.
Los primeros son particularmente importantes en la ribera sur y
oriental, mientras que los segundos son más graves en el litoral
norte. Las áreas más problemáticas son el delta del Nilo en
Egipto, las zonas costeras de Argel, el litoral del mar Egeo, las
costas del mar de Mármara en Turquía, el sudoeste de la costa
francesa y el nordeste de la costa española. En el delta del
Nilo se estima que la generación de residuos sólidos será, a
fines de la década, de 16.920 toneladas diarias, en el mar de
Mármara de 5.760, mientras que en el nordeste de España y el
sudeste de Francia alcanzará las 4.200 toneladas por día.
Dentro de los residuos sólidos son especialmente preocupantes
los potencialmente tóxicos, que se originan principalmente en
las actividades industriales y están compuestos por químicos y
metales pesados, y a continuación los residuos tóxicos de
industrias de menor envergadura como curtidos, textil,
electrónica, etc. La reglamentación sobre este tema en el
Mediterráneo es escasa, fragmentaria, en algunos caso muy laxa,
ineficaz o simplemente inexistente.
Los problemas de deterioro del Mediterráneo se acentúan por los
vertidos que llegan al mar procedentes de actividades
continentales como la contaminación difusa, originada en el
sector agrícola, o residuos de las actividades industriales
asentadas en las mayores cuencas hidrográficas como el
Llobregat, el Ebro, el Ródano, el Po y el Nilo.
Prácticamente la totalidad de los ríos italianos atraviesan una
de las áreas más industrializadas de toda la cuenca. Sólo el
valle del Po genera el 50% de todos los residuos industriales de
Italia y es el mayor factor de contaminación del mar Adriático:
él solo es responsable del 75% al 80% de todo el nitrógeno y el
fósforo que se vierten en el Adriático, lo que lo convierte en
el principal causante de su eutrofización. El Adriático es un
mar muy cerrado con lo cual el intercambio con el resto del
Mediterráneo es limitado y lo hace propenso a fenómenos de
eutrofización por la acumulación y concentración de residuos,
en especial orgánicos o como la citada contaminación por
nitrógeno y fósforo. Además el Po arrastra elevadas cantidades
de cobre, cadmio, cromo, plomo, níquel, zinc, mercurio, etc.
Los problemas del Adriático se acentúan por la industria de la
ex Yugoslavia, en particular aquélla concentrada en Split,
Rikjeka y, en menor medida, en Sibenik y Zadar. Se trata, sobre
todo, de contaminación atmosférica porque gran parte de la
energía se obtiene por la quema de lignitos y carbón con alto
contenido de azufre, como es el caso de las plantas de Kosovo,
Bosnia-Herzegovina, Croacia y Eslovenia, a lo que hay que añadir
las fuertes emisiones de la industria férrica y de metales no
ferrosos en Zenica, Novi Sad, Trepca y Sibenik, sin
ignorar la fuerte contaminación atmosférica de las grandes
capitales Ljubljana, Zagreb, Sarajevo y Belgrado,
donde los niveles de emisiones de azufre han llegado a duplicar
las normas fijadas por la Organización Mundial de la Salud.
Los otros grandes centros industriales italianos son porto
Marghera, cerca de Venecia y que afecta también al Adriático,
Génova y la bahía de Nápoles, ambos en la costa occidental
italiana, con impactos de consideración sobre los mares de
Liguria y Tirreno.
Si bien es cierto que la industria francesa está en gran medida
localizada en la zonas de ParísIle de France, Lille, etc.,
no es menos cierto que una gran parte de ella se ubica alrededor
de Lyon, en la cuenca del Ródano, y en la región de
Clermont-Ferrand. El Ródano es responsable de los mayores
aportes de material orgánico al Mediterráneo. A estos impactos
se agregan los de la industria situada propiamente en el litoral
francés: Marsella, Niza y el golfo de Fos-Etang de Berre,
probablemente una de las zonas industriales más importantes de
Francia.
Cataluña, por su parte, es responsable de cerca del 70% de la
contaminación industrial española que se vierte al
Mediterráneo, incluye los residuos de la industria textil, de
fertilizantes, petroquímicas, refinerías, acero, y curtidos
Barcelona concentra el 40% de la industria española de
elaboración de pieles. Las otras fuentes de contaminación
importantes son Roquetas de Mar mercurio y plomo,
Alicante y Castellón cadmio y las plantas
petroquímicas de Sagunto, Tarragona, Cartagena y sobre todo la
bahía de Algeciras y de Portman.
La relativamente rápida industrialización de la parte sur y
oriental de la cuenca y su acentuada concentración en las zonas
urbanas del litoral, asociada a una normativa ambiental más laxa
y a la carencia de infraestructuras adecuadas, se traduce en una
presión crecientes sobre el Mediterráneo. Algunos de estos
centros de contaminación de importancia están localizados en la
cuenca del Nilo en Egipto, en particular en la concentración El
Cairo-Alejandría, la zona del gran Argel en Argelia, y la costa
turca en el oriente de la cuenca. En el primer caso, el Nilo
recoge a lo largo de su trayecto, no sólo los vertidos urbanos,
sino que además las descargas de las industrias localizadas en
sus riberas, desde las de las plantas azucareras de Quos y
Kom-Ombo, en el Alto Egipto, pasando por las plantas de
fertilizantes de Talka, las cementeras de Helwan, los curtidos
del Cairo y las industrias de todo tipo de Alejandría y Shoubrah
El Kheima, sin olvidar que la planta química de El-Misr vierte
mercurio directamente al mar.
En Argelia la contaminación es particularmente seria en Skikda,
Arzew y Annaba por la existencia de plantas de fertilizantes,
refinerías e industria químicas. Es particularmente grave la
contaminación con metales pesados, PCB, ácidos y solventes.
Finalmente en el litoral turco los focos más importantes son
Estambul-Izmit, Esmirna y Adana-Mersin. Se estima que la bahía
de Izmit, donde más de 100 plantas de papel, petroquímicas,
agroalimentarias, de fertilizantes, curtidos, aceite de oliva,
jabón, textil etc. vierten sus residuos, es la más contaminada
de Turquía. Esta contaminación incluye mercurio, cadmio, cromo,
zinc, etc. Se ha estimado que las concentraciones de mercurio y
cadmio superan al menos en 10 veces los promedios del
Mediterráneo. El mismo tipo de contaminación se registra en
Esmirna.
2.10. El turismo en el Mediterráneo
De particular importancia es el impacto del turismo: se
calcula que entre los meses de junio y septiembre la cuenca
mediterránea recibe 45 millones de turistas internos y mas de 50
millones de turistas extranjeros, lo que equivale a las
poblaciones totales de España e Italia juntas, que se concentran
en esa delgada faja costera entre las montañas y el mar o en
algunas de sus islas. En 1984 el Mediterráneo captó el 35% del
mercado turístico internacional y en 1996 continuaba con la
misma tónica con el 30% y unos 183 millones de turistas.
Desde el punto de vista económico la importancia del turismo se
aprecia en el hecho de que los ingresos que generó en 1990
alcanzaron los 73.159 millones de dólares, que representan el
53% de los generados en Europa y el 29% de los ingresos generados
por el turismo a nivel mundial. En términos de porcentajes del
producto interior bruto el turismo representaba en 1992 el 8% del
PIB en Francia y el 9% en España. En los países del sur de la
cuenca representaba: el 27% y el 17% del PIB de Chipre y de
Malta, respectivamente; el 7,1% en Egipto y Túnez; el 5,1% en
Marruecos; el 4,2% en Israel; y porcentajes menores en el resto.
La presión turística agrava el problema de la contaminación de
las aguas así como el de la sobreexplotación y eventual
agotamiento de los acuíferos, acentúa el fenómeno de
concentración humana y de generación de residuos. En 1989 la
demanda turística implicaba demandas de más de 25.228
hectáreas de suelos para instalaciones y de 40 millones de m3 de agua potable de 500 a 800 litros de
agua por persona y día en un hotel de lujo, cifra muy superior
al consumo promedio de un residente permanente en las mismas
zonas turísticas, y suponía la generación de 144.000
toneladas de residuos sólidos urbanos y de 24 millones de m3 de aguas residuales.